La Cuaresma de Jorgito no marchaba bien. Nuestro protagonista (que es pequeño, pero no tonto) se dio cuenta de que algo fallaba. Cada día que pasaba se notaba más frio, con mayor dureza de corazón; estaba irascible y distraído. Por si fuera poco, su gran Amigo, Jesús, no se le aparecía en la oración de las noches, y aunque lo buscaba, terminaba durmiéndose en la soledad oscura de su dormitorio. Jorgito andaba preocupado.
Llevaba así desde Miércoles de Ceniza. Ese día, acudió a Misa junto a su familia; como todos los años. Pero, en esta ocasión, se percató de la actitud del resto de feligreses, y en especial, de los niños de catequesis. Obligado por don Antonio a “ponerse las cenizas”, la Santa Misa se convirtió en un vaivén de niños lectores, de risas burlonas ante los atragantos de lectura, y de padres aburridos ojeando el reloj sin pudor alguno, a la espera de que llegara el socorrido “Podéis ir en paz”.
La familia de Jorgito se encuentra en la casa de campo, disfrutando de un fin de semana primaveral. Durante la mañana, estuvieron trabajando en el pequeño huerto que la familia decidió plantar hacía unos meses —¡qué ilusión recoger los primeros guisantes verdes!—, y la tarde la emplearon en corretear por la finca en busca de las monedas de chocolate que les regaló la abuelita. La elaboración del mapa del tesoro les llevó algún tiempo, pero la búsqueda posterior entre árboles, matorrales y pedruscos mereció la pena.
Contemplando el atardecer, el padre, inspirado por el bello día, decide celebrar un Vía Crucis familiar:
—¡Hijos, necesito dos palos de madera! ¡Vamos a hacer una cruz!
—¿Para qué, papa? —pregunta curioso el hermano mayor.
—Ya lo veréis.
Los hijos se ponen en marcha y, en menos tiempo del que tardaron en devorar las chocolatinas, aparecen triunfantes con dos pequeños maderos en sus manos. El padre los engarza con un alambre que tenía en casa y, de esta forma, consigue una rudimentaria, pero noble, cruz.
Como cualquier madre, cuando Karen se enteró de que otro bebé venía de camino, hizo lo que pudo para ayudar a su hijo de cuatro años a prepararse para la llegada del nuevo hermanito. Cuando Michael se enteró se llenó de gran alegría. A Michael le gustaba cantarle bellas e infantiles canciones mientras ponía las manos en la barriguita de su mamá y sentía el movimiento del nuevo hermano.
El embarazo progresó normalmente para Karen, un miembro activo de la Iglesia de St Patrick en Morristown, Tennessee. Llegaron las contracciones del parto, pero surgieron complicaciones, por lo que fue llevada rápidamente al hospital. Los médicos dijeron que iba a ser un parto de horas y que probablemente requeriría de una cesárea.
Finalmente, la pequeña hermana de Michael nació; pero estaba grave. Con la sirena aullando en la noche, la ambulancia llevó al bebé a toda prisa a la Unidad Neonatal de Cuidados Intensivos del Hospital St. Mary’s en Knoxville, Tennessee.
Los días pasaron lentamente. La pequeña empeoró. El pediatra dijo a los padres:
—Hay muy pocas esperanzas. Estén preparados para lo peor.
Dos hombres, los dos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde durante una hora para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la habitación. Durante horas hablaban de sus mujeres y sus hijos, sus hogares, sus trabajos, su estancia en el servicio militar, dónde habían estado de vacaciones…
Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana.
El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades y colores del mundo exterior. La ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes jugaban y jóvenes enamorados paseaban de la mano entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes árboles adornaban el paisaje y se podía ver en la distancia una bella vista de la ciudad.
El hombre de la ventana describía todo esto con detalles exquisitos. El del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica escena.
Una pareja de jóvenes llevaba varios años casados y no habían podido tener hijos. Para no sentirse solos, compraron un cachorro y lo querían como si fuera su propio hijo.
El cachorro creció hasta convertirse en un grande y hermoso perro; salvó en más de una ocasión a la pareja de ser atacada por ladrones. Siempre fue muy fiel, quería y defendía a sus dueños contra cualquier peligro.
Después de siete años de tener al perro, la pareja logró tener el hijo tan ansiado. La pareja estaba muy contenta con su nuevo hijo y disminuyeron las atenciones al perro. Este se sintió relegado y comenzó a sentir celos del bebé y ya no era el perro tan cariñoso y fiel que tuvieron durante siete años; o al menos esa era la impresión que a ellos les daba.
Había un puente que atravesaba un gran río. Durante la mayor parte del día, el puente permanecía abierto de modo que los abundantes barcos que pasaban pudiesen navegar libremente. Pero a determinada hora, los carriles bajaban colocándose en forma horizontal a fin de que algunos trenes pudiesen cruzar el río. Desde una pequeña cabina que había a un lado del puente, un hombre accionaba los controles para que el puente bajara cuando, desde lejos, el silbido que anunciaba la cercanía del tren, le avisaba que estaba para llegar.
Una noche, el operador estaba esperando el último tren para activar los controles y bajar el puente; vio a lo lejos las luces del tren y esperó a oír el silbido para bajarlo. Cuando se dirigió al cuadro de mandos advirtió horrorizado que los controles no funcionaban correctamente y que el pulsador que accionaba la apertura y cierre del puente estaba cortocircuitado. Si no hacía algo rápidamente el tren caería irremediablemente al río.
El tren de la noche solía traer muchos pasajeros a bordo por lo que muchas personas perecerían irremediablemente en el accidente. Había que hacer algo. El hombre abandonó rápidamente la cabina de control, y se fue hacia una palanca manual que accionaba todo el mecanismo.