


La Inmaculada Concepción de María es el dogma de fe que declara que por una gracia singular de Dios, María fue preservada de todo pecado, desde su concepción.
Conoce un poco más sobre nuestra madre, la Siempre Virgen María.
Una termosa tradición propia del tiempo de Adviento, que hemos recuperado en nuestra parroquia, es la Misa Rorate Caeli. Toma su nombre de las palabras con que inicia la antífona de entrada: “Rorate Caeli” que significa “Gotead Cielos”, tomada a su vez del libro de Isaías 45, 8.
“El Señor, a quien aguardamos glorioso al final de los tiempos, viene cada día a llamar a nuestra puerta. Estemos preparados (cf. Mt 24,44) con el compromiso sincero de una vida buena, como nos enseñan los numerosos modelos de santidad de los que es rica la historia de esta tierra” (Homilía del Santo Padre, Papa Leon XIV, Misa del Primer Domingo de Adviento, 29 de noviembre de 2025).
Esta Misa la celebraremos al amanecer del día sábado, mientras transcurre la salida del sol, significando la espera del nacimiento de quien viene para ser la Luz del mundo. Durante todo el tiempo de la Misa, la iglesia sólo se alumbra con la luz de los candelabros del altar y las velas que tradicionalmente llevan los fieles en las liturgias.
Los esperamos, pues, para continuar nuestra preparación en este tiempo de Adviento, para recibir al Niño Jesús, la Luz que ilumina al mundo.
Érase una vez un reino que estaba regido por un rey muy cristiano y con fama de santidad pero que no tenía hijos. El monarca envió a sus heraldos a colocar un anuncio en todos los pueblos y aldeas de sus dominios.
Cualquier joven que reuniera los requisitos exigidos, para aspirar a ser posible sucesor al trono, debería solicitar una entrevista con el Rey. A todo candidato se le exigían dos requisitos imprescindibles: Amar a Dios y demostrar con hechos que amaba a su prójimo.
En una aldea muy lejana, un joven leyó el anuncio real y creyó que él cumplía los requisitos, pues amaba a Dios y también a sus vecinos. Una sola cosa le impedía ir. Era tan pobre que no contaba con vestimentas dignas para presentarse ante el santo monarca, ni tenía dinero para hacer tan largo viaje.
Trabajó de día y noche. Ahorró todo lo que pudo, y cuando tuvo una cantidad suficiente para el viaje, vendió sus pertenencias, compró ropas finas, algunas joyas y emprendió el viaje.
Algunas semanas después, habiendo agotado casi todo su dinero y estando a las puertas de la ciudad donde vivía el gran rey se encontró con un pobre pidiendo limosna. Aquél pobre hombre tiritaba de frío, cubierto sólo por harapos. Sus brazos extendidos rogaban auxilio. Imploró con una débil y ronca voz:
—Estoy hambriento y tengo frío. ¡Por favor ayúdame!
Un niño de diez años, descalzo y temblando de frío, se asomaba a través del escaparate de una zapatería. Una señora se acercó al niño y le dijo:
—Hola pequeño ¿qué estás mirando con tanto interés?
—Le estaba pidiendo a Dios que me diera un par de zapatos, - fue la respuesta del niño.
La señora lo tomó de la mano y entró con él a la tienda, le pidió al empleado que le diera media docena de pares de calcetines para el niño. Pregunté si podría darme un recipiente con agua y una toalla. El empleado rápidamente se lo trajo. Ella se llevó al niño a la parte trasera de la tienda se quitó los guantes, le lavó los pies, y se los secó con la toalla.
Para entonces el empleado llegó con los calcetines. La señora le puso un par de los calcetines al niño y le compró un par de zapatos.
Cogió el resto de los calcetines y se los dio al niño. Le pasó delicadamente la mano por la cabeza con mucho cariño y le dijo:
—No hay duda pequeño, que ahora te sientes más cómodo.
Mientras ella daba la vuelta para irse, el niño le tomó de la mano, y mirándola con lágrimas en los ojos le preguntó:
—¿Es usted la esposa de Dios?
Esta es la breve historia de un pintor que empezaba a ser conocido por sus creaciones singulares, todas ellas llenas de un profundo mensaje. Después haber pintado como una docena de cuadros llegó el día de su primera exhibición pública. El periódico local había hecho mucha publicidad con el fin de que todo el pueblo acudiera a la cita en la galería.
El día de la presentación al público asistieron las autoridades locales, fotógrafos, periodistas y mucha gente para contemplar las pinturas. Todas estaban a la vista; todas menos una que permanecía cubierta con un paño, pues se suponía que era un regalo que el pintor iba a hacer a la ciudad. Llegado el momento, se reunieron todos en la sala central de la galería donde se encontraba el cuadro, y el director de la galería, después de hacer las introducciones pertinentes llamó al alcalde para que tirara del paño que cubría el cuadro.
Una vez descubierto el cuadro hubo un caluroso aplauso. Era una impresionante figura de Jesús tocando suavemente la puerta de una casa. Jesús parecía vivo. Con el oído junto a la puerta, parecía querer oír si dentro de la casa alguien le respondía. Todos admiraron aquella preciosa obra de arte.
De repente una curiosa niña observó lo que ella creyó ser un error en el cuadro: la puerta no tenía cerradura.
Un día un hombre joven decidió poner a prueba la providencia del Señor. En muchas ocasiones había oído decir al sacerdote de su parroquia que Dios era un Padre bondadoso que se ocupaba de todas sus criaturas. El hombre quería saber si también se ocuparía de él y le mandaría lo que cada día necesitara.
Una buena mañana decidió internarse en un bosque solitario que había a pocos kilómetros de su casa para esperar allí que Dios le enviara su sustento diario. Pasó una mañana, y no consiguió nada para comer, se internó más aún en el bosque, y se acostó en un claro. Revoloteando por el suelo se encontró a una paloma malherida por el tiro de un furtivo cazador. Tenía una pata rota y un ala quebrada. No podía volar ni caminar y como consecuencia no podía valerse por sí misma para encontrar el sustento. En esas condiciones no le quedaba otra posibilidad que la de morir de hambre, a menos que la providencia de Dios la ayudara. Nuestro amigo se quedó mirándola, en espera de ver lo que sucedía.
Era una vez una gota de agua que sintió de pronto la llamada de ir al mar, y hacia él se fue apresurada y transparente. Por el cauce del riachuelo corría cantarina. Todo lo alegraba con su presencia: las riberas florecían a su paso, los bosques reverdecían, los pájaros cantaban. Y hacia el mar corría blanca y contenta.
Pero un día se cansó de caminar por el cauce estrecho del arroyo. Al saltar sobre la presa de un molino, divisó horizontes de tierra y en tierra quiso convertirse. Aprovechando el desagüe de una acequia, se salió de madre y se estacionó.
Inesperadamente se sintió prisionera de la tierra, convertida en charco sucio, maloliente, tibio: repugnantes animalillos crecieron en su seno y el sol dejó de reflejarse en ella.
Pasó una tarde un peregrino; se detuvo ante el charco y, sentencioso, exclamó:
—¡Pobre gotita de agua! ¡Ibas para mar y te quedaste en charco!

La celebración de la Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, cierra el Año Litúrgico en el que se ha meditado sobre todo el misterio de su vida, su predicación y el anuncio del Reino de Dios.
Cristo Rey anuncia la Verdad y esa Verdad es la luz que ilumina el camino amoroso que Él ha trazado, con su Vída.
La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de diciembre de 1925 mediante la Carta Encíclica Quas Primas. El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey. Recomendamos la descarga y lectura de este importante documento de la Iglesia.
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