


La Inmaculada Concepción de María es el dogma de fe que declara que por una gracia singular de Dios, María fue preservada de todo pecado, desde su concepción.
Conoce un poco más sobre nuestra madre, la Siempre Virgen María.
Una termosa tradición propia del tiempo de Adviento, que hemos recuperado en nuestra parroquia, es la Misa Rorate Caeli. Toma su nombre de las palabras con que inicia la antífona de entrada: “Rorate Caeli” que significa “Gotead Cielos”, tomada a su vez del libro de Isaías 45, 8.
“El Señor, a quien aguardamos glorioso al final de los tiempos, viene cada día a llamar a nuestra puerta. Estemos preparados (cf. Mt 24,44) con el compromiso sincero de una vida buena, como nos enseñan los numerosos modelos de santidad de los que es rica la historia de esta tierra” (Homilía del Santo Padre, Papa Leon XIV, Misa del Primer Domingo de Adviento, 29 de noviembre de 2025).
Esta Misa la celebraremos al amanecer del día sábado, mientras transcurre la salida del sol, significando la espera del nacimiento de quien viene para ser la Luz del mundo. Durante todo el tiempo de la Misa, la iglesia sólo se alumbra con la luz de los candelabros del altar y las velas que tradicionalmente llevan los fieles en las liturgias.
Los esperamos, pues, para continuar nuestra preparación en este tiempo de Adviento, para recibir al Niño Jesús, la Luz que ilumina al mundo.
Dos hombres, los dos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde durante una hora para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la habitación. Durante horas hablaban de sus mujeres y sus hijos, sus hogares, sus trabajos, su estancia en el servicio militar, dónde habían estado de vacaciones…
Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana.
El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades y colores del mundo exterior. La ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes jugaban y jóvenes enamorados paseaban de la mano entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes árboles adornaban el paisaje y se podía ver en la distancia una bella vista de la ciudad.
El hombre de la ventana describía todo esto con detalles exquisitos. El del otro lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica escena.
Una pareja de jóvenes llevaba varios años casados y no habían podido tener hijos. Para no sentirse solos, compraron un cachorro y lo querían como si fuera su propio hijo.
El cachorro creció hasta convertirse en un grande y hermoso perro; salvó en más de una ocasión a la pareja de ser atacada por ladrones. Siempre fue muy fiel, quería y defendía a sus dueños contra cualquier peligro.
Después de siete años de tener al perro, la pareja logró tener el hijo tan ansiado. La pareja estaba muy contenta con su nuevo hijo y disminuyeron las atenciones al perro. Este se sintió relegado y comenzó a sentir celos del bebé y ya no era el perro tan cariñoso y fiel que tuvieron durante siete años; o al menos esa era la impresión que a ellos les daba.
Había un puente que atravesaba un gran río. Durante la mayor parte del día, el puente permanecía abierto de modo que los abundantes barcos que pasaban pudiesen navegar libremente. Pero a determinada hora, los carriles bajaban colocándose en forma horizontal a fin de que algunos trenes pudiesen cruzar el río. Desde una pequeña cabina que había a un lado del puente, un hombre accionaba los controles para que el puente bajara cuando, desde lejos, el silbido que anunciaba la cercanía del tren, le avisaba que estaba para llegar.
Una noche, el operador estaba esperando el último tren para activar los controles y bajar el puente; vio a lo lejos las luces del tren y esperó a oír el silbido para bajarlo. Cuando se dirigió al cuadro de mandos advirtió horrorizado que los controles no funcionaban correctamente y que el pulsador que accionaba la apertura y cierre del puente estaba cortocircuitado. Si no hacía algo rápidamente el tren caería irremediablemente al río.
El tren de la noche solía traer muchos pasajeros a bordo por lo que muchas personas perecerían irremediablemente en el accidente. Había que hacer algo. El hombre abandonó rápidamente la cabina de control, y se fue hacia una palanca manual que accionaba todo el mecanismo.
Había dos piedrecitas que vivían en medio de otras en el lecho de un torrente. Se distinguían de las demás porque eran de un intenso color azul. Cuando les daba el sol, brillaban como dos pedacitos de cielo caídos al agua. A ellas les gustaba pensar en qué se convertirían cuando alguien las descubriera:
—Acabaremos en la corona de una reina, decía la una a la otra.
Un día por fin fueron recogidas por una mano humana. Varios días estuvieron sofocándose en diversas cajas, hasta que alguien las tomó y oprimió contra una pared, igual que otras, introduciéndolas en un lecho de cemento pegajoso, lloraron, suplicaron, insultaron, amenazaron, pero unos golpes de martillo las hundieron todavía más en aquel cemento. A partir de entonces sólo pensaban en huir.
Trabaron amistad con un hilo de agua que de cuando en cuando corría por encima de ellas y le decían:
—Fíltrate por debajo de nosotras y arráncanos de esta maldita pared.
Así lo hizo el hilo de agua y al cabo de unos años las piedrecitas ya bailaban un poco en su lecho. Finalmente en una noche húmeda las dos piedrecitas cayeron al suelo y echaron una mirada a lo que había sido su prisión. La luz de la luna iluminaba un espléndido mosaico.
Tony, un joven cercano a los veinte, era el cuarto hijo de una familia profundamente católica de Minnesota. A pesar de haber realizado una adecuada catequesis, recibido los sacramentos y llevar una discreta vida de piedad con su familia, la influencia de un amigo ateo cuando llegó a la universidad le llenó su mente de dudas, abandonó la práctica de la religión, y con ello su fe se fue apagando paulatinamente hasta casi dejar de creer en Dios.
Estaba empezando su segundo año de leyes en una universidad cercana a su pueblo natal. Le apasionaba la natación, y desde bien joven comenzó a practicar el salto de trampolín. Durante los veranos era la atracción de las chicas saltando desde el trampolín en la piscina del pueblo. Los entrenadores del equipo universitario pronto se dieron cuenta de su valía, por lo que le propusieron pertenecer al equipo de salto de la universidad. Aunque saltaba desde todas las alturas, su especialidad era el salto desde el trampolín de 10 metros.
Una noche, acabado sus estudios en casa de un amigo, pensó que sería bueno irse a la piscina universitaria a dar unos saltos antes de acostarse. Cuando llegó al recinto deportivo se encontró que todas las puertas estaban cerradas. Conociendo un truco –que sabían todos los universitarios- se coló en la piscina. Todas las luces estaban apagadas, pero como la noche estaba clara y la luna brillaba radiante en su lleno, había suficiente iluminación para practicar.
Un joven fue a una reunión bíblica en la casa de un matrimonio amigo. El matrimonio dividió el estudio entre oír a Dios y obedecer la palabra del Señor. El joven solo quería saber si Dios aún hablaba con las personas y escuchaba sus oraciones.
Después de la reunión, se fue a tomar un café con los amigos. Eran aproximadamente las 10 de la noche cuando el joven se despidió de sus amigos y se dirigió a su casa.
Ya en su coche, comenzó a pedir:
—Señor Si aún hablas con las personas, habla conmigo. Yo te escucharé. Haré todo lo que me digas.
Mientras conducía por la avenida principal de la ciudad, tuvo un pensamiento muy extraño, como si una voz hablase dentro de su cabeza:
—¡Para y compra un litro de leche!
Movió su cabeza y dijo en voz alta:
—¿Eres tu Señor?
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